dignidad humana

[Un hombre solitario sentado en el Jardim da Boavista de Oporto (Portugal)]

La dignidad humana está en nuestras manos en la medida en que somos capaces de tomar decisiones y ejercer nuestra libertad, pero llegan momentos en que esa libertad desaparece, y es entonces cuando la dignidad pasa a convertirse en algo ajeno que ha dejado de pertenecernos.

Eusebio salió a trabajar al campo una tarde más de aquel caluroso verano. Los casi 40 grados de temperatura convertían las varias horas cargando hierba seca empacada en un trabajo duro, pero las quejas no tenían cabida en su rutina de esfuerzo y su actitud incansable. Después de comer y tras una pequeña siesta cogió su tractor, enganchó el remolque, y se dirigió a hacer lo que mejor sabía: sobrevivir.

Tras un par de horas de esfuerzos el sudor empapaba todo su cuerpo, en un intento de su organismo por aliviar el exceso de temperatura, pero resultó del todo ineficaz pues en una de las cargas uno de los congestionados capilares de su cerebro no resistió la presión y estalló, dejando fluir la sangre que pronto encharcó su cavidad craneal.

Eusebio notó una punzada de dolor en su cabeza, seguida de un mareo y una debilidad generalizada. En unos pocos minutos perdió el conocimiento, y en unos pocos más yacía muerto.

La Dignidad Humana…

Cuatro días más tarde y más o menos a la misma hora en que murió, el cuerpo de Eusebio reposa encima de una especie de mesa de piedra, en una mal llamada sala de autopsias de un tanatorio cercano a su localidad de residencia; ni más ni menos que lo que tardaron en descubrir su cadáver en el medio del campo, y en transportarlo a este lugar. Misma hora, parecida tarde, igual calor.

Mientras espero la llegada del forense, cuyo análisis dictaminará las causas del fallecimiento, observo con la mirada perdida y en silencio su cadáver, reflexionando sobre lo que significa para mí el concepto del alma y de la muerte. La estancia es pequeña y agobiante, cuatro metros de largo por tres de ancho, paredes de ladrillo y techo de uralita, fuera se superan los 35 grados, dentro yo tengo la piel de gallina.

Pronto llegan el forense y su ayudante y enseguida comienzan ‘el trabajo’, ajenos a los familiares de Eusebio que, impacientes, aguardan al otro lado de una de las puertas de chapa. Entre bromas y múltiples salidas de tono comienzan cortando y deshaciéndose de su vieja y sucia ropa, y a pesar de no conocerle, la desnudez de su cuerpo sin vida me sobrecoge.

Manejan el bisturí con soltura y rapidez, y mientras el ayudante abre la caja torácica, sierra el esternón y separa las costillas con una herramienta para poder acceder a las vísceras, el médico forense se mantiene ocupado degollándolo y despegando su cara del hueso a golpe de espátula, hasta conseguir llevarla hacia atrás del todo para dejar el cráneo al descubierto.

A continuación pasan a examinar sus pulmones, su corazón, su hígado, sus intestinos, sus genitales, desgranando entre comentarios jocosos cuales eran sus hábitos y sus vicios, sus achaques, sus dolencias. Lo trocean todo en filetes, lo observan, lo huelen de cerca, hunden sus brazos en el cuerpo hasta los codos removiendo sus tripas, exhibidas ahora como ofrendas en un altar de sacrificios.

Fumaba, sin duda, sus pulmones así lo demuestran; bebía bastante también, su hígado presenta los indicios correspondientes; su alimentación era pésima y precaria, recurrente, tal como dicen muchas de sus venas acalambradas; era estéril, sus testículos no engañan. Y sin embargo nada de esto le causó la muerte.

La radial resuena en la estancia con un sonido estridente que me hace apretar los dientes, y poco a poco la tapa del cráneo se convierte en un cuenco circular en manos del forense. Saca el cerebro y puedo ver gran cantidad de sangre coagulada: ¡Estamos cerca!… exclama, yo me siento cada vez más lejos.

Tras un minucioso examen de ojos expertos, el aneurisma se hace evidente, y el fragmento de conducto agujereado pronto se halla en las manos del doctor. Pero lejos de terminar la mano y el cuchillo filetean de nuevo la sustancia con precisión de carnicero, el grosor bajo demanda, aunque nadie se lo haya pedido, y al grito de ¡plato vaaa! los trozos son arrojados hacia la barriga, amontonándose junto a los demás restos del despedazado cuerpo.

Y tras una sesión de fotos de prueba necesarias para el informe, donde ha de poder apreciarse como el agua inyectada con una jeringuilla por un extremo del capilar culpable, sale por el agujero creado por la presión de la sangre que a la postre le causó la muerte, comienza la tarea de reconstruir la dignidad humana de Eusebio, si es que ello fuera ya posible, preparándolo para la posterior mirada escrutadora de su familia.

… No Está En Manos De Dios

Una imponente aguja de coser e hilo del grueso aparecen en escena. El cuenco de hueso es encajado en su sitio y la cara de Eusebio es moldeada como una máscara, estirándola hacia la barbilla para que vuelva a ocupar su lugar natural; y aunque su cráneo está ahora vacío, las costuras de la garganta no se verán, y su apariencia parecerá íntegra.

La piel del torax es flexible, pero no tanto como para abarcar el destrozo que ahora alberga, y conseguir acercar los extremos lo suficiente como para coserlos entre sí. Hasta ahora el olor me había resultado desagradable, pero nada que mis mecanismos naturales no pudiesen ignorar al cabo de unos minutos, lo que estaba por venir no había mecanismos capaces de ignorarlo.

Ante la imposibilidad de acomodar los huesos y vísceras cuarteados en la cavidad torácica, el aire almacenado en los intestinos se ha convertido en un problema, y a la vez en solución. La gruesa aguja comienza a pinchar las tripas una, dos, tres veces, y las emisiones de gases putrefactos inundan la estancia. Mi gesto se tuerce en un rictus de absoluta repulsión, mi garganta se cierra de golpe y mi estómago comienza a estrangularse ejerciendo presión. Entre náuseas, fuertes arcadas y a la carrera, a punto estoy de no alcanzar el exterior a tiempo de expulsar mis propios jugos gástricos.

Más o menos recuperado, con el sabor del vómito todavía en mi boca y los ojos llorosos, ayudo a introducir el cuerpo recién cosido en la bolsa blanca de cremallera que solamente deja el rostro al descubierto, al igual que el ataúd, que apenas tiene un pequeño cristal traslúcido a la altura de la cara.

Los huesos desordenados de su interior pugnan por salir, creando varios bultos que sobresalen de su abdomen empujando su piel dura y áspera, pero las costuras son fuertes. La cremallera sube ocultando para siempre el efímero destrozo, ‘el trabajo’ ha finalizado y el cadáver de Eusebio está listo para ser entregado a su familia.

Miro su rostro por última vez pero ya no puedo ver a un hombre, tan solo un recipiente de materia putrefacta que alguna vez lo fue, y cuya dignidad le ha sido arrebatada por manos y voces expertas: una dignidad que ahora ha encontrado su espacio en algún lugar recóndito de mi memoria.

Descubre el valor de ser auténtico para alcanzar una vida con sentido y propósito.

Es por el mar de la autenticidad que navegan los valientes.

¿Te atreves a subir a este barco?