Son las seis de la madrugada y de nuevo camino borracho y desafiante por una calle solitaria. He intentado mitigar el dolor ahogando mi sufrimiento en alcohol, pero lo único que he conseguido es que sea el sufrimiento el que estrangule, aún más si cabe, mi atormentado corazón.

Tres individuos me salen al paso interponiéndose en mi camino, quizá pretendiendo demostrarme lo poco que valgo y lo mucho que ellos creen ser. Me rodean, me insultan y se burlan esperando una reacción que, inevitablemente, no tardará en producirse.

Alzo la mirada para que puedan ver en mis ojos el reflejo de la desesperación, lo poco que me importan ellos y lo menos que me importo yo. Escupo en sus caras recogiendo el guante que el destino me ofrece, y me abandono a una lluvia de puñetazos y patadas que me hace caer al suelo y encogerme, como queriendo regresar a la seguridad que me ofrecía la barriga de mi madre.

No tardo mucho en perder el conocimiento sumiéndome en el tan ansiado paraíso del olvido.

Recupero la consciencia con los primeros rayos de sol del amanecer, y varias punzadas de dolor me saludan aguijoneándome el vientre. Un mapa de sangre seca se ha dibujado en mi cara, casi no puedo abrir uno de mis ojos y tengo los labios hinchados y rotos. Me incorporo penosamente y comienzo a caminar de regreso a casa, vacío de esperanza, después de una nueva noche en compañía de mi vida.

Me derrumbo en la cama tapándome la cara con las manos en un intento por ocultar la amargura que me consume ante los ojos de nadie. Las lágrimas brotan mezclándose con la sangre reseca, aprieto los dientes con fuerza y gruño como un animal, resoplando y escupiendo babas con el corazón acelerándose.

Abro el cajón de la mesilla y saco la pistola sintiendo su peso y frialdad, introduzco una bala en la recámara, la sujeto delante de mi y la observo, me la paso por la cara, la huelo, meto el cañón en la boca apretando el duro metal con los dientes mientras mi dedo va al gatillo.

El corazón me retumba con fuerza en las sienes, mi mano temblorosa suda, mis ojos cerrados siguen derramando lágrimas, y mientras comienzo a aumentar la presión, los recuerdos afloran como hojas que flotan dispersas en las lagunas de mi memoria…

La muerte no es el final

Ponemos los dos coches a la par y a toda velocidad en medio de una recta, es de madrugada y conducimos borrachos, con la música retumbando a todo volumen por los altavoces. Bajo la ventanilla y saco medio cuerpo, gritando a pulmón como un poseído mientras amenazo al cielo puño en alto, apenas sujetando el volante con la punta de los dedos de la otra mano.

Los coches están a punto de tocarse y empiezo a dar bandazos muy cerca de perder el control, clavo el freno y las cuatro ruedas derrapan con estrépito durante los 100 metros de frenada que quedan marcados en el asfalto, antes de poder detenerme en el arcén. Me bajo con el corazón todavía desbocado y sonrío desafiante justo antes de vomitarme por encima.

Hace solo unos días Santiago me contaba que su novia, a la que quiere con locura, le había dejado para irse con otro. Que un amigo de la infancia le había contado que ella llevaba ya tiempo engañándolo, a pesar de todos sus esfuerzos por pasar más tiempo a su lado, recorriendo varias veces cada semana los 300 kilómetros que separaban el sitio de mierda donde los dos disfrutábamos de un trabajo de mierda, en unas condiciones de mierda, del pueblo de su amada.

Estaba destrozado y no había sido capaz de asimilarlo, y me confesaba su frustración mientras dábamos largos paseos a pie o en coche, mientras apostábamos a las cartas, mientras trabajábamos mano a mano, mientras nos emborrachábamos y maldecíamos al destino y a la vida, buscando consuelo cada noche en un constante desafío a la muerte.

Después de haber dormido la mona me incorporo en la cama, seco en cuerpo y alma y con la cabeza a punto de reventar. Me arrastro hasta el baño y la coloco bajo el grifo, esperando que el agua fría me ayude a aliviar el dolor. Cuando la levanto y me miro al espejo veo un rostro demacrado de tez mortecina, pelo sucio y revuelto con restos de vómito, y unos ojos hinchados y enrojecidos que piden ayuda recibiendo a cambio autocomplacencia.

Permanezco así un buen rato, parado frente al espejo, compadeciéndome de mí mismo, hasta que resuena un fuerte estruendo que me sacude todo el cuerpo.

Tardo unos segundos en reaccionar pero enseguida me doy cuenta de lo que ha sucedido, y con un grito desesperado me lanzo a trompicones por el pasillo hasta la habitación de Santiago.

Empujo la puerta con violencia y los tenues rayos de luz que penetran por la persiana cerrada me permiten atisbar su silueta tumbada boca arriba en la cama. Enciendo la luz y un destello me hace fijarme en la pistola tirada en el suelo, alzo la mirada y observo con pavor su expresión con los ojos extremadamente abiertos, y cómo un hilo de sangre comienza a asomar por la comisura de su boca.

Venciendo la repentina rigidez de mis músculos me acerco hasta él, y me dejo caer de rodillas a su lado poniendo mis dos manos sobre su perforado corazón, mientras la sangre que se le escapa se filtra por el colchón formando un charco bajo la cama.

Y permanezco así, inmóvil, mirándolo fijamente congestionado por la angustia y el dolor, hasta que su corazón se detiene, el brillo de sus ojos se apaga, y con un leve gemido, se marcha.

La muerte no es el final

… Con la escena de su muerte anclada en mi mente, aprieto los ojos con fuerza mientras permanezco con el cañón de la pistola dentro de mi boca, aumentando la presión sobre el gatillo, que se acerca progresivamente al punto de detonación.

Sigo estando a su lado, mirándole de rodillas, recorriendo lentamente el camino de las lágrimas, y viendo cómo se despide mientras sus ojos me transmiten un reflejo de mi soledad, de mi aislamiento, de mi abandono, de mi egoísmo, de mi cobardía, de la desesperación de estar metido en un pozo de mierda del que no sé salir.

Pero también un reflejo de la incomprensión e impotencia de su familia tras su muerte, del llanto desgarrador de su madre hasta la extenuación, de los gritos de rabia de su padre destrozándose las manos contra una pared, de la frustración y angustia de su hermano pequeño consumiéndose por dentro, del sentimiento de culpa de su novia buscando desesperadamente un poco de consuelo en mis redentoras palabras, de todo aquello que me dice que la muerte no es el final… para los que se quedan.

Cojo aire,

respiro profundamente,

abro los ojos,

le doy las gracias,

aflojo mi mano,

dejo caer el arma,

y elijo vivir.

El agua moja, el cielo es azul, las mujeres pelean, los hombres lloran...