Solemos decir que la realidad supera a la ficción cuando presenciamos una situación que nos recuerda lo impactante que puede resultar la vida, sin embargo, cuando se trata de circunstancias emocionalmente dolorosas y crueles, a mí me gusta mucho más decir que la realidad supera al corazón.

Sentada en soledad

 [Una chica solitaria en un mirador de Palawan Island, Singapur]

Llevo una temporadita ciertamente espeso en cuanto a ganas de escribir e inspiración se refiere, lo que supone que primero, no me apetece demasiado hacerlo, y segundo, cuando me fuerzo a intentarlo no sale nada, digamos, glorioso.

Pero como estas son circunstancias recurrentes en el blogoficio, y además estoy seguro de que van a seguir presentándose, creo que me vendrá muy bien el entrenamiento en el arte de enfrentarlas, por lo que aquí me tienes, al pie del cañón (entiéndase teclado), esforzándome para que no me despidan, digooo… para no mandar todo a la mierda.

Una de las estrategias que mejor me funciona a la hora de escribir cuando la inspiración se ha ido al caribe a bailar salsa (por lo que tardará en volver), es hacerlo sobre las propias experiencias, y aunque creas que lo que haces o te pasa no interesará ni aportará nada a nadie, te equivocas, te aseguro que hay mucha gente deseando saber cuantas veces practicas sexo y te masturbas por semana ¿a que sí?

Y además de decir muchas chorradas por párrafo cuadrado, de vez en cuando también me gusta experimentar reventando el paradigma, por lo que aquí va una de mis experiencias de la semana, seria y con mensaje por supuesto, y que, además de romper el tono que llevo hasta el momento, lo mismo hasta te sirve de algo.

Cierra los Ojos y Escucha

En la cafeteríaLa mañana de domingo es fresca que no fría, y camino buscando una cafetería en el centro que me han recomendado por su ambiente, calidez y buen café. Las puertas automáticas se abren y enseguida hago un barrido visual para localizar una mesa libre e interesante. Me acerco a la barra, saludo amablemente, pido un café con leche grande, cojo un periódico del día y voy a sentarme, reparando levemente mientras lo hago, en la presencia en la mesa de al lado de una señora de cierta edad que está sentada sola, con un café ya terminado y la mirada fija. Durante un buen rato leo la prensa y degusto mi café, observando entre medias el pulular de la gente, y escuchando fragmentos de sus conversaciones, mientras maldigo el viento que se cuela directamente hacia donde estoy cada vez que se abren las puertas de entrada automáticas, y me pregunto a cada rato por qué mi vecina solitaria permanece tan inmóvil, tan fuera de contexto, tan aislada. Varias veces me siento tentado de hablarle, de acompañarla y acompañarme, trayéndola de vuelta al presente y dándole motivos para quedarse pero, como en tantas otras situaciones, no lo hago. Al cabo de un tiempo por fin ella se mueve, girándose hacia su izquierda para recoger un objeto del suelo, se pone en pie con cierta dificultad, y se encamina hacia la puerta para salir al exterior y enfrentar un nuevo día, escrutando el espacio al frente con su bastón de ciego.

La Semana del Corazón Partío

Lo siguiente es contarte que he visto un documental de la serie “La noche temática” titulado corazones rotos, en el que se plantea que el corazón, además de ser un órgano de vital importancia (porque ya sabes que si se detiene palmas), también alberga una red neuronal propia que lo dota de cierta capacidad autónoma, y que podría darle una importante influencia en el procesamiento de las emociones.

Todo ello en contra de lo que dice la ciencia médica moderna, que sitúa al cerebro como el centro del procesamiento emocional, desmitificando la tradicional visión romántica del corazón, y quitándole el papel protagonista en cuanto a sentimientos se refiere.

El documental habla también del síndrome del corazón roto, que va asociado a lo que Alejandrito Sanz llamó “el corazón partío”, y que incluso puede llegar a causar la muerte.

Se trata de un tipo de infarto de miocardio provocado por un intenso bombardeo de las hormonas del estrés, relacionado con una situación emocional especialmente intensa, que puede ser desde un fuerte disgusto como por ejemplo la muerte de un ser querido, o una ruptura amorosa, a un gran susto, como por ejemplo soñar que te cortan el pene.

También he visto por segunda vez la magnífica película Her (que te recomiendo en versión original, porque te aseguro que la Johansson resulta todavía más sensual si solamente la escuchas), en la que el mundo de las relaciones personales y los sentimientos profundísimos envuelven todo el hilo argumental.

Una historia que consigue estrujar como pocas mi ya de por sí atribulado corazoncito, y sumirme en un estado nostálgico notoriamente asqueroso, además de que, las dos veces que la he visto, he acabado derramando acuosidades saladas por el iceberg (entiéndase nariz).

Y aún estando tan ocupado, todavía he tenido tiempo de sexo, drogas, masturbación, fútbol y rock and roll ir al cine a ver… ¿qué estreno?: corazones de acero por supuesto.

Una buena película ambientada en la segunda guerra mundial no apta para estómagos sensibles, que sin duda hace honor al título que he escogido para este artículo, y que me lleva a hablarte de otra de las estrategias que nunca falla para rellenar espacio en una publicación como esta: recurrir a tu blogoteca de artículos inspirados, rescatando alguna historia ya publicada que te haya quedado bien, y que esté relacionada con el tema que estás tratando (aunque esto último no importa demasiado).

Se trata de historias jodidamente reales y meridianamente chungas que he conocido en primera persona, y que espero te puedan ayudar a relativizar cualquier mierdosa situación que puedas estar atravesando.

Vamos con ellas pero sobretodo, no te me rompas, corazón.

Cuando la Realidad Supera al Corazón

En el bosqueSara era una chica de 19 años que estaba pasando unos días con su familia en su localidad de nacimiento. Una noche salió a divertirse con sus amigas por el pueblo y conoció a un chico que le gustaba. Charlaron y disfrutaron hasta que se fue haciendo tarde, momento en el que sus amigas decidieron que ya era hora de irse. Él se ofreció a llevar a Sara a casa si se quedaba y ella, que se sentía muy atraída, decidió confiar y aceptó. Un poco más tarde, cuando iban juntos en el coche, él cogió un desvío y se adentró en un bosque, hacia un lugar donde otros dos chicos aguardaban ocultos. Sara no podía siquiera imaginar lo que le esperaba. Fue golpeada, vejada y violada salvajemente por los tres hombres durante horas y, cuando se cansaron de abusar de ella, la dejaron allí, tirada en el suelo y abandonada a su suerte. Consiguió rehacerse, orientarse, y penosamente regresar a casa, pero desde aquello, Sara nunca ha podido mirar igual a los hijos de los hombres.

Tras la puertaSergio tenía 18 años y atravesaba por muy malos momentos en su vida. Su padre era alcohólico, autoritario y agresivo, y le pegaba con frecuencia tanto a él como a su madre. Una tarde su padre regresó a casa borracho después de derrochar todo su dinero en alcohol y apuestas, reclamando violentamente a su madre más dinero para seguir gastando. Ella se lo negó y entonces él fue a buscar un cuchillo a la cocina dispuesto a sacárselo con sangre. Sergio se interpuso y propinó un puñetazo a su padre en el estómago, lo que le dio el tiempo suficiente para escapar con su madre y encerrarse en una habitación. Su padre les persiguió y, antes de que pudiese llegar la policía que Sergio había avisado por teléfono, consiguió abrir la puerta y apuñalar a su madre en el corazón, lo que le provocó la muerte. El padre de Sergio fue detenido, juzgado y sentenciado a varios años de cárcel, pero Sergio siempre se reprocharía a sí mismo el no haber clavado el cuchillo a su padre y haber acabado con su vida, antes de que éste pudiera matar a su madre, lo cual le condujo hacia una espiral de autodestrucción que le sumergió en una existencia absolutamente miserable y vacía.

Una pesada cargaDaniel era un hombre de 46 años que vivía en una localidad pequeña y aislada, lejos de la poca familia que le quedaba y que no quería saber nada de él. Llevaba una vida dura y sobrevivía gracias a trabajos esporádicos que le iban ofreciendo en el pueblo. Su situación hizo que, poco a poco, su adicción al alcohol fuese en aumento, hasta llegar a ser considerado como un problema por sus vecinos, lo que le convirtió en un paria. Sin saber a quién recurrir y sumido en la desesperanza y el más absoluto abandono, Daniel se encerró en su casa, preparó un tazón de leche, le añadió una bolsa de veneno para ratas, se tumbó en la cama, y se lo bebió. Y siguió así durante horas, tumbado en la cama y bebiendo veneno una y otra vez, hasta que su cuerpo amaneció sin vida. Daniel seguramente no sabía, cuando empezó a beberse el veneno, que eso le aseguraba una lenta agonía, ya que fue destruyéndolo por dentro y tardó mucho tiempo en morir, pero lo que sí sabía era que estaba dispuesto a pasar por cualquier cosa, con tal de no seguir viviendo bajo la pesada losa que suponía la desesperada situación en que se encontraba.

Muerte por abandonoConsuelo vivía sola en una vieja casa de piedra situada en un pequeño pueblo de montaña de unos 300 habitantes, donde no era una excepción que las temperaturas alcanzasen, en una noche fría de invierno, los 20 grados bajo cero. Cumplidos los 56 años había pasado los últimos 28 en compañía de su marido, muerto hacía 8 meses de un aneurisma cerebral. Sus dos hijos hacía tiempo que se habían marchado del pueblo en busca de algo que llenase sus vidas, y no les veía ni hablaba con ellos desde hacía meses; las precarias líneas de teléfono del pueblo no se lo permitían, y tampoco se sentía con fuerzas para caminar 8 kilómetros hasta el teléfono público más cercano. El invierno alcanzó la montaña especialmente severo, y Consuelo luchaba por levantarse cada mañana sintiendo como el frío acampaba en sus huesos, y el dolor inundaba su alma, llevándose poco a poco los restos de su esperanza. Consumida, se incorporaba a diario con esfuerzo en la pesada cama cargada de mantas, se calzaba sus viejas zapatillas, y arrastraba con pesadez sus pies hasta la cocina de leña que calentaba la casa, y que llevaba horas apagada. La leña se le había terminado hace tiempo y no había hecho nada por reponerla, por lo que usaba como combustible los cartones de leche vacíos que compraba por cajas en la única tienda del pueblo. Su pensión no le permitía muchos dispendios, su ánimo tampoco. Su última compra, para lo único que salía ya de casa, había consistido en 48 cartones de leche y 6 paquetes de galletas: se le olvidó reponer el único mechero que tenía ya vacío de gas. Una noche especialmente fría, estando de pie en medio de su cocina, recorrió con la mirada la sucia estancia hasta que se topó con el averiado y viejo teléfono que colgaba de la pared, y recordó entonces como sonaban las voces de sus seres queridos. Cerró los ojos, bajó la cabeza, y lloró amargamente. Caminó con lentitud y pesadez hacia su habitación, se sentó en su cama, y se abandonó, muriendo en poco tiempo congelada en alma, corazón y cuerpo.

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No sé si sonará siniestro, ni tan siquiera si resultará contraproducente, pero dedico estas 1967 palabras a mis compañeros y amigos Luismi y Javier esperando que puedan estimularles e impulsarles hacia dónde quiera que se propongan llegar.

 

El agua moja, el cielo es azul, las mujeres pelean, los hombres lloran...