Las poco más de cuatro horas de vuelo entre Hong Kong y Tokio me resultaron bastante amenas sumido como estaba en el sopor debido al cansancio acumulado. En este estado de duermevela tuve mi primer contacto con lo japonés en forma de cerveza Asahi, cuyo sabor me resultó bastante desalcoholizado, acostumbrado como estoy a la Estrella Galicia. Una vez que puse un pie (y el otro también) en el aeropuerto de Tokio ya me di cuenta de que aquella experiencia iba a resultar muy interesante y no menos excitante. Desde esta perspectiva viví mi estancia en la ciudad.

Escaleras mecánicas metro de Tokio

Cuando te acostumbras a lo extraordinario, lo más normal te puede resultar extraño.

Mi primer contacto con la tan cacareada amabilidad japonesa tuvo lugar con una chica del personal del aeropuerto que trataba de ayudar a los foráneos en un inglés aproximadamente igual de pésimo que el mío.

Yo llevaba un folio impreso con las expresiones en japonés más útiles traducidas al español, y traté de hacer uso de él pero ni por esas (cosas de la pronunciación me parece a mí). Al verlo, ella me pidió que se lo prestase. Sacó una pequeña libreta cuadriculada y se puso a copiar a mano todo lo que ponía en el folio. Mientras escribía pronunciaba en japonés y luego trataba de hacerlo en español.

Me quedé absorto ante su entrega y, por qué no decirlo, ante su trasero. Me dieron ganas de abrazarla pero no quise arriesgarme a ser expulsado del país por acoso antes de haber siquiera entrado. Cuando hubo terminado le hice una sentida reverencia y sus “grasiass” y “addioss” (con gran sonrisa y agitando manos tipo votación del 15M) me dejaron sonriente y satisfecho.

Al bajar del tren en la estación central de Shinjuku llegó el primer gran ‘impacto’. Miles de personas moviéndose a mi alrededor a una velocidad de vértigo no es algo a lo que estuviese acostumbrado. Me quedé inmóvil, asimilando la situación con una sensación de mareo creciente. Hice unas respiraciones profundas y me lancé a esquivar japones@s hasta encontrar refugio al lado de una columna. Desde allí pude observar la dinámica de su movimiento de masas. Todo un espectáculo digno de estudio (más que nada porque no se chocaban entre sí).

Una vez en el hotel me puse a curiosear en la habitación como tengo por costumbre y, de entre muchos, dos detalles llamaron especialmente mi atención:

1- Un círculo del espejo del baño situado enfrente del lavabo no se empañaba por mucho vapor de agua que se generase con la ducha (muy inteligente y práctico).

2- El mecanismo por el que sale el chorro de agua caliente con jabón para lavarte el ojete después de deponer no falla aunque te muevas adrede para despistarlo. Debe de llevar sensores de ojete o algo así (muy placentero sobretodo si activas el segundo chorro destinado a las féminas).

14.Tokio I-01

Una vez instalado y relajado, el siguiente paso era localizar una calle de garitos típicos japoneses para picar algo y probar el sake.

Llevaba la dirección en la agenda gracias al blog de Kiraiun español aficionado a la fotografía que lleva varios años en japón (gracias Ramón). Él la llama la calle de los Yakitoris y consiste en una callejuela muy estrecha con bares a ambos lados del tamaño de despensas (literal), donde se pueden degustar tapas, cervezas y algún vino (aparte del sake claro). Muy tradicional y altamente recomendable si quieres zambullirte  en su peculiar tapeo (un poco sucia, eso sí).

Tokio 03             Tokio 04

Tokio 06             Tokio 05

Después del tapeo vino la cena en un restaurante del barrio que fue bastante bien a pesar de lo costoso de la comunicación. Eso sí, al despedirse no faltó el ‘sayonara’ y dos mil reverencias (recíprocas).

Otra de las curiosidades de esta ciudad es que te dejan fumar en los bares y restaurantes pero no en la calle (yo no fumo que conste). Para fumar en la calle hay unas zonas especiales habilitadas y delimitadas por baldosas con símbolos indicativos, donde se agolpan los fumadores para humear. Y como no hay papeleras (yo nos las he visto por ningún lado) muchos llevan ceniceros portátiles en los que tiran la ceniza y luego se los guardan en el bolsillo.

Lo siguiente fue un paseo nocturno por el barrio de Shinjuku.

El deambular derivó en una zona de prostitución a gran escala llena de proxenetas a pie de calle abordando a los transeúntes con supuestas ofertas irresistibles. Aquello parecía un barrio típico de Blade Runner. Allí observé como un japonés menudo y cincuentón con un maletín negro, drogado o sumamente borracho, era arrastrado casi en volandas por dos fulanas hacia la perdición. Hacía pequeños intentos de resistencia mediante giros espasmódicos, pero lo tenían bien enganchado las muy putas. No supe si ayudarle o trincarle yo el maletín pero al final me decidí por abandonarlo a su ‘suerte’.

Tokio 06

¡Fuera de aquí!… pensé.

Un taxi y para Roppongi (zona de marcha) que esto no mola. Después de dar el alto a una media docena de taxis (no pían ni el inglés), uno de los taxistas pilló el asunto y exclamó: “aaah, Loponyi”. Eso mismo viejo, ¡en marcha!.

Al llegar más proxenetas y relaciones públicas ¡por todas partes!.

Un italiano pesado que reconoció el ‘spagnolo’ ofrecía copas baratas y buen ambiente: ¡Nada de fulanas! exclamé. Con esa promesa sellada con un juramento por su ‘mamma’ y un beso en su anillo de timador profesional llegó el portal oscuro, ascensor al tercer piso y club al canto.

¡La madre que lo parió!

Una vez dentro ya no se sale porque ni entiendes ni te quieren entender, y el negro de dos metros acojona bastante. Gyn Tonic y al lío.

En la mesa de al lado tres o cuatro europeos (creo que eran holandeses) presenciaban un streaptease metiendo billetes en los tangas de las chicas al estilo Las Vegas (que también he estado).

Uno de ellos, con una moña descomunal se queda en calzones (con los pantalones por los tobillos) y se contonea con la gracia de un hipopótamo fuera del agua, arrimándose a una de las stripers. Ésta le coge la cartera, que se le había caído al suelo, le saca unos cuantos billetes y se los pasea por las tetas. Luego se los pasa al holandés por la boca humedeciéndolos con sus babas, para acabar poniéndolos a buen recaudo en su chochete. Sin duda era una mujer de largo recorrido.

No había barra y las copas salían de una trastienda que no te dejan ver. Me bebí dos sorbos del gyn tonic con sabor a ‘sidra el gaitero’ mientras disfrutaba del espectáculo tulipán. Una chica de muy buen ver se sentó a mi lado chapurreando no sé que idioma. Con su olor embriagador y su mano en mi muslo disfruté del poder del ahora (en honor al maestro Eckhart Tolle), porque lo que es conversación “rien de rien” que dicen los franchutes.

Al cabo de un rato y al mínimo despiste del gran jefe negro espantada total.

Paseando de nuevo pude observar que hay pocos locales de marcha a pie de calle. Supongo que debido a la falta de espacio, están distribuidos hacia arriba en los pisos. Y como los símbolos de los anuncios no se entienden no hay quién sepa donde meterse.

Me lancé a preguntar, pero ante mi insistencia de echar un vistazo antes de entrar, todo fueron negativas. Ante el riesgo de caer en otro club tulipán negro el destino fue un pub que se podía ver desde la entrada que se asemejaba a lo que se acostumbra a ver por España.

Os hablo del que luego se convertiría en mi local 5 estrellas, el Black Horse.

Pero esto amig@s, es una historia que os relataré en la siguiente parada:

Black Horse

Tokio II – Black Horse

[La foto de la cabecera del artículo se corresponde con el metro de Tokio totalmente desierto a una hora bastante tardía (para ellos que no para mí). Tras conocer lo que allí se mueve en otros horarios, me quedé un buen rato absorto, respirando tan inmensa tranquilidad (y espabilando los gyn tonics)].

Descubre el valor de ser auténtico para alcanzar una vida con sentido y propósito.

Es por el mar de la autenticidad que navegan los valientes.

¿Te atreves a subir a este barco?