El Black Horse es un local de ambiente nocturno de Tokio situado en el distrito de Roppongi, en pleno centro de la ciudad. Al contrario que en mucho otros, el acceso es libre y no cobran entrada, aunque puede que tengan alguna norma de admisión en forma de restricciones con respecto a la vestimenta (chandal, deportivas).


Letrero del Black Horse

“Una vez traspasado el umbral, el caballo negro se convirtió en una yegua desbocada”

Está dividido en dos zonas: en la parte baja está la barra principal, un grupo de sofás con mesas delante y la pista de baile; subiendo un escalón está la parte alta, una especie de zona vip más elegante. En el suelo hay un corredor de cristal transparente con decoración de plantas y piedras por debajo que rodea una pequeña barra de forma rectangular que llamaré zona de negocios. También tiene un amplio espacio reservado con mesas y cómodos sofás.

La barra principal no es muy grande, lo que dificulta pedir algo para beber cuando el local está muy concurrido y lo que más me llamó la atención es la destacable habilidad de los camareros apilando vasos.

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Algo cuando menos curioso es que, al igual que en Hong Kong, me encontré con algún japonés trajeado y con cierto aire aristrocrático, que se bebía una copa de vino tinto en la barra (casi más curioso todavía es lo que le duraba). Al parecer, beber vino tinto en copa les confiere un cierto estatus a la hora de ligar. Yo decidí confiar en mi lenguaje de signos como mejor arma (entiéndase paquete abultado).

Los vinos mediterráneos parece que están bastante bien valorados en Japón y ésta es una botella de Rioja con un curioso etiquetado que me encontré en un restaurante.

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En el Black Horse hay un auténtico batallón de personal de servicio entre camareros y vigilantes. Los primeros recorren el local a toda prisa para servir con prontitud tanto zona vip como zona de negocios, y no se cortan un pelo a la hora de pasar, empujando sin miramientos a quién se les ponga por delante. Están protegidos por un escuadrón de vigilantes que no dejan de observar todo lo que acontece a los que, a partir de ahora, me referiré cariñosamente como cachalotes.

Entre las misiones de los cachalotes está la de expulsar a quién se atreva a cerrar los ojos o cabecear estando sentado en un sofá previos 2 avisos (con meneo incluido del encausado), y evitar que la gente baile con demasiada alegría, pues no permiten que despegues los pies del suelo. Como yo a ciertas horas bailo de rodillas no me vi afectado por esta norma.

El local está muy concurrido tanto viernes como sábados y las colas son frecuentes. Los ‘tokiotas‘ parecen muy acostumbrados a esperar y no les importa hacer grandes colas y pasar hasta horas para acceder a algunos lugares. Incluso para comer son capaces de formar filas considerables lo cual resulta bastante impactante. Mi impresión es que lo hacen, no porque sean demasiados y no haya otros lugares para comer, sino porque son muy dados a la idolatría y cierto grado de fanatismo. Supongo que esto tiene bastante que ver con el concepto de estatus del que os hablé anteriormente.

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Cuando por fin me lancé a la aventura de ir a soltar lastre, me encontré con que el pasillo de acceso al aseo era bastante estrecho y la cola, en fila de a uno, crecía con rapidez. En esta tesitura no se me ocurrió mejor cosa que, a falta de un mejor diálogo, ponerme a tocar palmas y cantar “Ole, Ole y Ole”. La reacción fue muy espontánea e inmediata y enseguida se montó una algarabía de palmadas y taconeos bajo mi sabia dirección de orquesta. Una melodiosa sinfonía de ebria perfección. Creo que cuando me llegó el turno de aligerar carga hasta fui capaz de hacerlo tocando palmas y, de paso, salpicando sin control. Cuando salí, recorrí toda la cola ‘chocando las cinco’ de cuanto individuo e individua allí se congregaba (creo que había olvidado lavarme las manos :S). Aunque a priori no lo parezca, los japoneses de fiesta son unos cachondos.

Otra de las peculiaridades del local se resume muy bien en este aviso situado en la entrada del mismo.

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La traducción es más o menos esta:

“A nuestros valiosos clientes: El cruce de hombros con una mujer o cualquier contacto físico no deseado por ella se considera como acoso sexual. Por favor comunicar dicho acto a nuestra seguridad o al personal más cercano. Gracias. La dirección de Black Horse.”

Lo del cruce de hombros no me quedó muy claro, sin embargo, si que me quedó clara la indefensión que provocaban tales afirmaciones, por lo que decidí desconfiar aplicándome en la observación y optando por los ruegos y las ofrendas antes que arriesgarme a que varios cachalotes me patearan el culo (o quizá algo peor).

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Muy a mi pesar fui víctima de mis peticiones viciosas y una yegua desbocada con forma de japonesita risueña (y con varias copas de tinto en sangre) se abalanzó sobre mí descontrolada. Mira que es fácil bailar la música dance, pero esta muñequita desvencijada desafiaba cualquier ritmo inventado sobre la faz de la tierra.

Comenzó con movimientos serpentinos, culebreando con su cuerpo en vertical y horizontal. Cayó de rodillas a mis pies como si se hubiese roto solo para levantarse de forma repentina y, sacando culo, recorrer mi entrepierna con su lengua. De un brinco me saltó encima y, convulsionándose, comenzó un frotis genital descontrolado, mientras yo trataba de dominarla agarrándole las cachas.

En esta tesitura mis pensamientos se dividían entre “donde coño estaba el love hotel aquel que viste en Shibuya” y “madre mía, como se cabree el cachalote que está mirando, el guantazo que voy a apañar“. Mientras tanto ella, totalmente dedicada a mi sometimiento sexual, se recreaba lamiendo y chupando mi cuello.

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Soltándose de repente se agachó, dándome un bocado en la entrepierna por encima del pantalón, mientras me miraba con ojos lascivos. Permanecí inmóvil, sometido a su voluntad porque, si recordáis el aviso de la entrada, una palabra suya bastaría para que yo saliera con los pies por delante (menos mal que la moza no estaba en condiciones de hablar).

No puedo negar que fue algo realmente excitante que ahora me recuerda la escena de la peli Operación SwordfishEn ella un hacker informático tiene que romper contrareloj una clave encriptada con una pistola apuntando a su cabeza, mientras una chica se la chupa sin miramientos. En mi caso yo solo tenía que evitar que una vampiresa ávida de ‘sangre venosa’ se llevase un trozo de mí y que un negro como el de La milla verde me aplastara el cráneo con malsana envidia. ¿Con cual de las dos situaciones os quedáis?.

Finalmente no pude descifrar las claves ocultas en los movimientos endemoniados de  mi yegua desbocada, pero sí conseguí que los cachalotes no penalizaran mi mala conducta. Es más, a raíz del espectáculo sexual desenfrenado que les había proporcionado desaparecieron de mi vista un buen rato. Quizá se fueron a la cola del aseo pensando en chocar las cinco en la intimidad.

Sofocado, fui a sentarme en un hueco libre que había en uno de los sofás y me dediqué a observar mientras trataba de relajarme. Cócteles y botellas de champán adornaban las mesas de la zona vip y sus inquilinos parecían sacados de L.A Confidential. El capo de todos ellos bien podía ser un negro trajeado, calvo y con gafas de sol que parecía el amo y señor de la zona de negocios y al que llamaré Don Vito. A su alrededor cohabitaban un par de secuaces que lo controlaban todo y varias ‘señoritas’ con intención de hacer inversiones capitalistas a corto plazo (aquí la causa del nombre zona de negocios).

Mientras recuperaba el resuello unas cincuentonas acaloradas comenzaron a contonearse alrededor de la mesa que tenía a mi derecha, en una especie de juego lésbico provocativo mientras, justo enfrente, una profesi-anal le acariciaba la cabeza a Don Vito tratando de despertar no precisamente sus folículos capilares.

Don vito dirigió la mirada a unos de sus secuaces y, chasqueando los dedos, hizo un gesto hacia la zona de camareros. En unos minutos uno de estos apareció con una bandeja del tamaño de las que llevaban los jabalíes en las comilonas de Asterix y Obelix, llena de mariscos y frutas exóticas y acompañada de varias botellas de champán.

Mientras el generoso Don Vito y varias de sus inversoras daban buena cuenta de los manjares, a su lado, la que le acariciaba la cabeza comenzó a frotar la entrepierna con su rodilla, clavando su mirada en mí a la vez que lamía y chupaba un gajo de exótica y jugosa piña.

A estas alturas puede que te estés preguntando si el Black Horse es simplemente un pub, o es un lugar donde se escenifica una representación terrenal de los siete pecados capitales. La respuesta es que ambas cosas.

Y así fue como, en ese precioso instante, cerré los ojos, lancé un suspiro y me imaginé en el infierno, a la vez que me preguntaba si sus demonios custodios tendrían forma de mujer.

Es por el mar de la autenticidad que navegan los valientes

¿Te atreves a subir al barco?