Dicen que las grandes oportunidades solo se presentan una vez en la vida y que, si las dejas pasar, nunca regresan. Yo soy de los que piensa que una situación siempre volverá para darte la oportunidad de demostrar si has aprendido la lección.

Cementerio de Agramonte

[Cementerio de Agramonte, Oporto (Portugal)]

Son las cuatro de la madrugada de una calurosa noche de finales de julio en Oporto. Sentado en la acera de una de las calles donde se concentra la marcha nocturna de la ciudad, bebo los últimos sorbos de una cerveza Super Bock mientras contemplo como se desenvuelve la gente a mi alrededor.

Mi cuerpo, cansado, me envía claras señales de agotamiento, mientras mi mente, ajena a la realidad presente, retrocede en el tiempo trasladándome a otro momento y a otro lugar…

El día está gris, y el cielo encapotado deja escapar de vez en cuando una fina lluvia que aterriza con suavidad y una leve sensación de cosquilleo en mi cara.

Después de caminar unos cuatro kilómetros por fin he llegado a la entrada del cementerio formada por una gran puerta de doble hoja y, dispuesto a escrutar sus misterios, la atravieso con calma y lleno de curiosidad adentrándome en el recinto.

La muerte no me es ajena ni algo que sienta lejos, sino algo que tengo siempre presente porque me ha rondado cerca, algo que necesito comprender y aceptar.

Comienzo a recorrer los largos pasillos observando las peculiaridades de cada tumba, sus distintas formas y tamaños, su distribución, las diferentes inscripciones con los nombres y fechas de los fallecidos, los recordatorios de sus seres queridos en forma de flores, velas y epitafios, e inevitablemente acuden a mi recuerdo las tumbas de los soldados alemanes enterrados en el cementerio de La Cambe (Francia) fallecidos durante la segunda guerra mundial, dónde en una figura con la forma de un corazón negro y medio cuerpo de ángel blanco puede leerse:

Las personas que amamos permanecen para siempre en nuestros corazones”

Cementerio de La Cambe

Al cabo de un rato, y en torno a una de las lápidas, me encuentro con un grupo de personas que reza a modo de despedida, de buenaventura, o quizá como esperanza de un futuro reencuentro con el fallecido.

En otra tumba cercana una señora de avanzada edad se dedica a limpiar la piedra con esmero, mientras a su lado un hombre repone las flores marchitas por el paso del tiempo.

Un poco más allá, en medio de todo y rodeada de nada, una chica solitaria permanece sentada en el frío mármol, esperando tal vez encontrar consuelo aferrándose a lo que ya se ha ido.

Permanezco un rato observándola, y mientras lo hago siento el impulso de acercarme y de hablarle, de acompañarla, pero mi mente no entiende de impulsos y consigue que me vaya, imponiéndose con el argumento de que hacer eso no sería lo correcto

Cementerio de Agramonte

Continúo paseando a disgusto y contrariado, planteándome por qué sentir y pensar se encuentran a veces tan separados, y por qué ese enfrentamiento se revela haciéndome sentir como si algo se retorciera con virulencia en mis tripas.

Absorto en mis conflictos prosigo el recorrido entre muertos ajenos y sentimientos cercanos, con la rebeldía creciendo en mi interior a cada paso, poderosa, hasta que me detengo de repente, respiro profundamente, y resoplo apretando los dientes al tiempo que pienso: ¡se acabó!

Me doy la vuelta y regreso con pasos rápidos y decididos en su busca, pero cuando llego al lugar ella ya no está.

Frustrado, me acerco hasta la tumba donde se encontraba y observo las inscripciones de las lápidas con los nombres de los fallecidos, dejándome caer donde ella permanecía sentada mientras me embarga una creciente sensación de angustia y soledad.

Paso el resto del día reprochándome a ratos lo sucedido, y la incomodidad se va diluyendo poco a poco con el paso del tiempo, pero yo soy de los que piensa que una situación siempre regresa para darte la oportunidad de demostrar si has aprendido la lección.

Cuatro días más tarde, mientras camino por el paseo del Tajo en Lisboa escuchando una de mis canciones preferidas , la situación se presenta…

Paseo del Tajo en Lisboa

Pero alguien grita demasiado cerca de mi oreja, y entonces me doy cuenta de que la cerveza está ya vacía y mi culo bastante frío y dolorido, por lo que me levanto del suelo y comienzo a caminar con la esperanza de ir…

Donde el corazón me lleve,

y la razón me deje.

Es por el mar de la autenticidad que navegan los valientes

¿Te atreves a subir al barco?