Viaje a la felicidad

Qué es la vida sino un gran viaje a la felicidad durante el que nos trasladamos a lo largo del espacio y del tiempo, enfrentando por el camino todo tipo de amenazas, tropiezos y adversidades que hemos de superar si buscamos disfrutarlo sin apearnos del transporte antes de hora.

Un viaje de transformación

“Un hombre encontró un capullo de mariposa tirado en el camino y se lo llevó a casa para protegerlo. Lo puso a buen recaudo pero al día siguiente notó que había un pequeño agujero, se fijó mejor y vio que la pequeña mariposa estaba luchando por salir del capullo. 

Estuvo así durante varias horas, viendo cómo la mariposa forcejeaba intentando que su cuerpo pasara a través de aquel pequeño orificio. Sin embargo, de repente dejó de luchar, parecía como si se hubiese rendido o atascado. Al hombre le dio mucha pena y, con gran delicadeza, agrandó el hueco para que la mariposa pudiera salir.

Finalmente, la mariposa salió pero tenía el cuerpo hinchado y unas alas muy pequeñas y dobladas. El hombre pensó que aquello era normal y continuó observando, esperaba que la hinchazón remitiese y que la mariposa abriese sus alas y alzara el vuelo. Pero no fue así, la pobre mariposa solo se arrastraba haciendo círculos. Jamás llegó a volar.”

El protagonista de esta fábula de autor desconocido no sabía que la lucha de la mariposa por salir del capullo era necesaria para que los fluidos de su cuerpo pasasen a sus alas. Un proceso por el que un líquido llamado hemolinfa es bombeado desde el cuerpo hacia las alas del insecto, haciendo que se estiren progresivamente hasta alcanzar un tamaño adecuado. Solamente de esta forma la mariposa puede estar lista para el vuelo. Y por eso, en su intento de ayudar, lo que hizo el hombre fue arrebatar a la mariposa la posibilidad de volar.

Una buena metáfora que nos habla de cómo las dificultades que solemos encontrarnos en la vida en realidad son necesarias para nuestro desarrollo como seres humanos.

El camino de las lágrimas

En nuestro vital camino, las situaciones más difíciles de afrontar y de superar, son las que más posibilidades nos brindan para aprender y madurar como personas, si es que sabemos gestionarlas adecuadamente convirtiéndolas en grandes lecciones de vida que contribuyan a nuestro crecimiento.

Como mantenía el psicólogo Viktor Frankl

Muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil lo que da al ser humano la oportunidad de crecer más allá de sí mismo.

Y te aseguro que este extraordinario ser humano sabía mucho acerca de ese tipo de situaciones.

El sufrimiento mata

Nos dicen que por un lado el sufrimiento es inútil cuando no promueve ningún cambio constructivo conduciéndonos al victimismo, y que por otro tiene una importante función, ya que al envenenarnos y provocarnos un profundo malestar interior, nos impulsa hacia hacernos conscientes de que nuestra forma de pensar y nuestras creencias nos están produciendo ese dolor.

Y estoy de acuerdo con ambos argumentos, sin embargo también existe una amarga ‘cara C’, y es que mientras unos aprovechan las peores circunstancias como punto de inflexión y partida hacia la superación y el cambio, otros se abandonan a sí mismos dejándose llevar por la amargura hacia la muerte.

Porque el sufrimiento mata.

Y te pongo un ejemplo muy real…

“Consuelo vivía sola en una vieja casa de piedra situada en un pequeño pueblo de montaña de unos 300 habitantes, donde no era una excepción que las temperaturas alcanzasen, en una noche fría de invierno, los -20 grados bajo cero. Cumplidos los 56 años había pasado los últimos 28 en compañía de su marido, muerto hacía 8 meses de un aneurisma cerebral. Sus dos hijos hacía tiempo que se habían marchado del pueblo en busca de algo que llenase sus vidas, y no les veía ni hablaba con ellos desde hacía meses. Las precarias líneas de teléfono del pueblo no se lo permitían, y tampoco se sentía con fuerzas para caminar 8 kilómetros hasta el teléfono público más cercano.

El invierno alcanzó la montaña especialmente severo, y Consuelo luchaba por levantarse cada mañana sintiendo como el frío acampaba en sus huesos y el dolor inundaba su alma, llevándose poco a poco los restos de su esperanza. Consumida, se incorporaba con esfuerzo en la pesada cama cargada de mantas, se calzaba sus viejas zapatillas y arrastraba con pesadez sus pies hasta la cocina de leña que calentaba la casa, y que hacía horas que se había apagado. La leña se le había terminado hace tiempo y no había hecho nada por reponerla, por lo que usaba como combustible los cartones de leche vacíos que compraba por cajas en la única tienda del pueblo.

Su pensión no le permitía muchos dispendios, su ánimo tampoco. Su última compra de hacía 4 días, para lo único que ya salía de casa, había consistido en 48 cartones de leche y 6 paquetes de galletas: se le olvidó reponer el único mechero que tenía ya vacío de gas. De pie en medio de su cocina recorrió con la mirada la sucia estancia hasta que se topó con el averiado y viejo teléfono que colgaba de la pared, y recordó entonces cómo sonaban las voces de sus seres queridos. Cerró los ojos, bajó la cabeza, y lloró amargamente. Caminó con lentitud y pesadez de regreso a su habitación, se sentó en su cama y se abandonó entregándose a su destino.”

Consuelo murió congelada durante aquel frío invierno, aunque su desesperación y su aislamiento hicieron que la vida comenzara a escapársele mucho tiempo atrás.

¿Por qué hay personas que no aprenden del sufrimiento?

¿Por qué se abandonan y se entregan a la muerte?

¿Por qué se matan?

Pues porque no son capaces de ver ninguna otra salida que les permita escapar del tremendo malestar que su vida les garantiza, asociando más dolor al hecho de seguir en una situación que no saben -ni se creen capaces- de cambiar, que al hecho de dejarse ir o suicidarse.

No es una cuestión de valentía o de cobardía, es una cuestión de desesperación propiciada por el hecho de no estar preparados frente a todo lo que implica una existencia humana, con toda su complejidad, con todas sus luces y sus sombras.

Es cierto que la ignorancia puede muchas veces contribuir a nuestra felicidad, pero no lo es menos que en otras ocasiones puede conducirnos a la muerte.

Como dice Pablo D’ors en su estupendo libro ‘Biografía del silencio’…

Vivir es prepararse para la vida. Todo esfuerzo que se invierte en uno mismo da fruto tarde o temprano.

El viaje a la felicidad

Podríamos definir la felicidad como un estado interno que se caracteriza por la ausencia de sufrimiento y de conflictos, es decir, que seremos más felices cuanto más capaces seamos de aceptar nuestras circunstancias tal cual se presentan, y cuanto más capaces seamos de aceptarnos a nosotros mismos, sintiendo que tenemos todo lo que necesitamos.

Solo podremos disfrutar de aquello que aprendamos a aceptar tal y como es.

Y sabemos que esta aceptación no depende tanto de nuestras circunstancias como de la interpretación que les damos y de la actitud que tomamos al respecto, lo que nos conduce hacia una de las cualidades más preciadas que podemos atesorar: la resiliencia.

Un concepto que se define como la capacidad de aprovechar las circunstancias adversas para madurar emocionalmente con el objetivo de disfrutar de una vida más plena y satisfactoria.

Porque resulta que, como asevera el psicólogo y escritor Jorge Bucay…

Fuimos educados para tratar de construir una vida libre de dolor y sufrimiento, pero deberíamos tener la madurez de enseñar, y el coraje de aprender, que el viaje a la felicidad implica transitar por el camino de las lágrimas.

Apréndanselo de una vez queridos padres y madres, y aplíquense el cuento.

Los verdaderos héroes

Como sociedad nos irá mucho mejor si, en vez de sobre proteger y tratar de aislar de las adversidades a nuestros jóvenes, les enseñamos a enfrentarse a ellas predicando con el ejemplo, y proporcionándoles de paso las mejores herramientas posibles: la aceptación y el autoconocimiento.

Quizá de esta manera dejemos todos de buscar fuera y empecemos a encontrar dentro aquello que necesitamos en nuestro viaje a la felicidad.

Porque los verdaderos héroes no suelen estar en los escenarios, la televisión o las películas.

Los verdaderos héroes son aquellas personas que son un ejemplo por haber sido capaces de superarse a sí mismas después de atravesar por las más jodidas experiencias, encontrando en su interior la fortaleza necesaria para construirse una vida mejor, para ellos mismos y para todos aquellos con los que comparten camino.

¿Quieres ser un héroe para los demás?

Empieza por ser un héroe para ti mismo.

Mírate a menudo, todo lo que puedas, pero mírate bien.

Asume tu responsabilidad por dónde estás, lo que has hecho o dejado de hacer, lo que sabes y lo que no.

Reconócete, respétate, acéptate, compréndete, y quiérete.

No te equivocas cometiendo errores, te equivocas no aprendiendo sus lecciones.

Acepta tu humanidad con todo lo que eso significa.

Lo has hecho, y lo sigues haciendo, lo mejor que sabes en cada momento.

No te dejes vencer por la vida.

Siente tus miedos, acéptalos y aprende a avanzar con ellos, siempre van a estar contigo.

Enfrenta tus circunstancias tal y como se presentan.

Solamente desde ahí podrás vivir el presente que deseas, y construir el futuro que mereces.

Solamente desde ahí podrás convertirte en un verdadero héroe.

[Foto de portada tomada en una casa abandonada cerca de los Lagos de Covadonga, Asturias, España]

 

Juan Núñez
Juan Núñez
Me llamo Juan y desde marzo de 2013 escribo en esta página sobre búsquedas, experiencias, reflexiones, aprendizajes, autenticidad y todo aquello que espero me conduzca hacia el propósito de disfrutar de una vida más coherente y con sentido. “Si quieres ser un héroe para los demás empieza por serlo para ti mismo”. Eso es lo que predico y eso es lo que persigo ¿Te apuntas?

Es por el mar de la autenticidad que navegan los valientes

¿Te atreves a subir al barco?