rosario de la aurora

La noche había sido larga en compañía de los tres jugadores de rugby australianos con los que compartía habitación en el hostel de Roma, pero después de los pequeños terremotos que provocaba el mastodonte de la cama de arriba cuando se movía o roncaba, y el tremendo barullo que habían montado preparándose para salir, ahora todo permanecía en calma una vez que él y sus fiesteros colegas se habían marchado.

Me esperaba un día ajetreado, con muchas cosas por ver y hacer en la ciudad de las siete colinas, y tenía que ponerme en movimiento a pesar de que mi nivel de batería se acercaba al mínimo después de trece días viajando por Malta e Italia, así que me senté en la cama, me levanté con el pie izquierdo, y suspiré con ironía al ver en el suelo, al lado de la litera de los mastodontes australianos, una nota escrita a mano con un teléfono y un nombre de mujer.

Una ironía ligada a cierta aventurilla de la que había disfrutado intensamente unos meses atrás en la siempre encantadora Lisboa, cuando después de una noche de fiesta y de parecer de nuevo un hormonado adolescente, en una de las salas de una discoteca de moda regada con música machacona y luces psicotrópicas, inicié un encuentro sexual desenfrenado con una chica coreana, sobrado de lenguas y dedos perforantes, y cuyo remate tuvo lugar en uno de los aseos del hostel en el que nos hospedábamos.

Hacia el Vaticano

Me puse en marcha y unos cuantos minutos más tarde ya estaba cogiendo un atestado metro que me llevaría a la Ciudad del Vaticano tan solo para descubrir, una vez dentro de la impresionante Plaza de San Pedro, la tremenda cola que la circundaba, y que aguardaba para poder pasar el control de seguridad que daba acceso a la Basílica del mismo nombre. Religión, colas y un sol de justicia, una de las combinaciones que más repelús me provoca en cuanto a viajar se refiere.

Como no estaba dispuesto a semejante sacrificio me dediqué a recorrer el inmenso espacio observando con disimulo el lugar dónde se ubicaba el control de acceso, el vallado que encauzaba a todos los cívicos hacia él, y la ubicación de las cámaras de seguridad a lo largo de la plaza. Uno de los fragmentos de la valla, situada una vez pasado el control y fuera del alcance de las cámaras, estaba desencajado y sin unir al resto, siendo la ‘puerta’ utilizada por la policía del Vaticano para acceder libremente al interior del recinto. He ahí mi oportunidad.

Merodeando cual felino acechante aguardé el momento oportuno para emular a los uniformados, pero sin el uniforme, y llegado este recoloqué mis gafas de sol estilo ‘Top Gun’ y arrastré el segmento de valla con decisión y seguridad para poder colarme. Fue algo tan profesional que tan solo llamé la atención de un par de turistas que acababan de pasar el control y caminaban hacia la basílica, y ante su mirada inquisitiva se me antojó necesario un –keep calm, i’m police- para que continuaran su marcha sin mayores incidencias.

Todavía con adrenalina en sangre y un cierto grado de nerviosismo -por mi cabeza desfilaba la escena de un interrogatorio religioso con cruces, aguas malditas, y letanías en latín con el fin de someter la voluntad de este osado apóstata- me dirigí hacia la entrada que permitía subir a la cúpula, y una vez contempladas y paladeadas las hermosas vistas, bajé para explorar los recovecos de la considerada como iglesia católica más grande del mundo.

Y sus museos

Había programado mi visita a los museos Vaticanos para la hora de comer en turistilandia, a eso de las 13,30H, esperando que la acumulación humana fuese menor, y creí que había triunfado cuando no encontré prácticamente cola en el acceso reservado para las entradas preferentes adquiridas online: ignorante de mí, no tenía idea de lo que me esperaba.

Literalmente miles de personas atestaban los interminables pasillos del inmenso edificio, avanzando con una lentitud exasperante bajo un calor ambiental que se tornaba asfixiante por momentos. Movido por el instinto de repelencia comencé una carrera loca y desenfrenada hacia el final del recorrido como si me faltara el aire, que me faltaba, y que solo se vio interrumpida en dos ocasiones: cuando pidieron silencio en el interior de la capilla sixtina y opté por resoplar en vez de por admirar, y cuando me detuve a dar mi botella de agua a una mujer desfallecida que se había derrumbado en el suelo (había que ver como bebía y estrujaba la botella de plástico la pobrecilla).

Aproximadamente unos diecinueve minutos más tarde terminé con mi calvario y conseguí salir al exterior. Quizá había establecido un puñetero record vaticano, pero lo único que hice fue respirar profundamente agradeciendo haber podido escapar de aquel jodido infierno, y mascullando y maldiciendo entre dientes el momento en que había decidido programar aquella visita.

¿Más museos?

NO, gracias.

Me esperaba una obra magna… y otras sorpresas.

El Coliseo de Roma

Era el mes de julio y a media tarde el sol ardía en lo alto en todo su esplendor. Las dos colas para entrar que se habían formado no alcanzaban la sombra que proporcionaba la impresionante y milenaria estructura del Coliseo, así que decidí que probaría ‘suerte’.

Me acerqué a preguntar a una de las vigilantes de seguridad si con mi entrada ‘preferente’ adquirida online era suficiente para entrar sin hacer cola, pero no solo resultó que no, porque las filas eran para pasar el control de seguridad, sino que además la que me correspondía era el doble de larga que la otra.

¡Fuck you! – tan solo acerté a pensar.

Ni de coña me iba a tostar al sol en la enorme cola de modo que me situé en la otra, tres veces más corta, y esperé a pasar el control en compañía de mis demonios interiores. Una vez dentro había observado que lo único que separaba las dos filas eran unos pivotes unidos por una cinta, y en ese tramo los que habían comprado su entrada online circulaban con celeridad hasta los tornos de acceso, mientras los otros se apiñaban en la taquilla para comprar su entrada, así que esperé atento un oportuno despiste de los vigilantes para sobrepasar la cinta por debajo y acceder al interior del recinto.

A la mierda con el civismo – cavilé mientras mi rostro esbozaba una sonrisa.

Los restantes días que pasé en Roma desfilaron con rapidez entre paseos, cerveza, gelato, monumentos, suciedad, ruinas, aglomeraciones, bastante pasta y mucho tiramisú, pero en los viajes no siempre lo mejor está por llegar, por lo que la última grata sorpresa aguardaba silenciosa para brindarme la mejor de las despedidas.

El Rosario de la Aurora

Pocos meses antes el aeropuerto de Fiumicino había sufrido un incendio de cuyas consecuencias todavía se estaba recuperando, por lo que tan solo operaba al setenta por ciento de su rendimiento máximo, y eso ayudó a que el retraso para coger el autobús, que después cruzó aeropuerto y pico hasta llegar hasta el jodido avión de la compañía EasyJet, fuese de más de hora y media.

Una vez en la cabina, hasta los huevos ligeramente exasperado, decidí intentar abstraerme de mí poniéndome los cascos con música relajante mientras miraba por la ventanilla situada a mi derecha, y fue en ese momento cuando Aurora y su pareja ocuparon los dos asientos que permanecían vacíos a mi lado.

Ambos eran de mediana edad -bueno, según se mire yo también lo soy, así que lo dejamos en que eran de la alta edad media- y los dos leían sendos libros sobre algo que se me antojaba bastante filosófico, pero como mi interés no pasaba por la conversación o la lectura en ese momento, lo cierto es que desvié rápido mi atención hacia qué se yo, y cuando llevábamos tan solo una media hora de vuelo comenzó a gestarse la tragicomedia.

Aurora y su marido comenzaron a revolverse inquietos en sus asientos y los demás pasajeros también parecían alborotados, así que me quité los auriculares a tiempo de escuchar el mensaje del piloto del avión, que por megafonía solicitaba un médico para poder asistir a alguien que se encontraba mal. Pregunté a Aurora si sabía lo que estaba pasando y me dice que parece que alguien ha sufrido un desmayo en el cuarto de baño y necesita ayuda.

A la mierda – pensé, colocándome de nuevo los auriculares.

Minutos más tarde el revuelo no hacía sino aumentar, con la gente levantada de sus asientos sin saber muy bien hacia dónde mirar, y un trasiego constante de personas por el pasillo, ¿pero que coño…?

– Cómo va la cosa Aurora – pregunté a mi circunstancial acompañante.

– Es una chica – respondió – comentan que se encerró en el baño y sufrió un desmayo; han conseguido abrir la puerta para asistirla pero no saben lo que le pasa, parece ser que se comporta de un modo bastante extraño -.

Resoplé con fuerza rumiando el enfado creciente, tan solo para escuchar de nuevo al capitán anunciando por megafonía que el avión iba a aterrizar de emergencia en un aeropuerto de Córcega con el fin de evacuar a ‘la enferma’. Entorné los ojos, apreté los dientes y maldije mi causalidad.

Con el aparato ya en tierra el surrealismo comenzó a generalizarse cuando vi desfilar por el pasillo, en dirección a la puerta de cola, a un hombre al que se abrazaba una muchacha sonriente que iba regalando besos y guiños a diestro y siniestro.

– ¡Pero que coño está pasando! – exclamé mirando a Aurora – ¿No será esa la enferma? – le pregunté.

– ¡Sí, es esa! – me dijo – Comentan que no quiere bajarse del avión y que está flirteando con todo el mundo -.

– ¡No me jodas! – exclamé – Esto es un puto cachondeo, ¡déjame salir Aurora! –

Enfurecido, salí al pasillo y me crucé con el ‘hombre abrazado’ mientras caminaba hacia la cola del avión, donde ya estaba abierta la puerta de salida y extendida la escalera de bajada. Allí se encontraban la sonriente enferma acompañada de dos miembros de la tripulación con cara de desconcierto y no saber que hacer.

– Soy policía – dije – ¡si queréis la bajo yo! –

– ¡Per favore, grazie mille! – acertó a decir el sorprendido tripulante más joven que se puso rojo como un tomate.

– ¡Está hecho! – exclamé.

Dirigí una iracunda mirada a ‘la enferma’ y, mientras me guiñaba el ojo, me lanzaba un beso, e intentaba también abrazarme, la tomé con fuerza del brazo apretándoselo deliberadamente, para a continuación obligarla a bajar las escaleras sin contemplaciones hacia los dos sanitarios que la aguardaban en tierra. Una vez entregada a los mismos y después de desearle un irónico ‘bon voyage’, subí de nuevo por la escalerilla hasta encontrarme con los incompetentes tripulantes:

– Esa chica no está enferma, lo que está es drogada hasta las cejas, ¿acaso no habéis visto sus pupilas? – les espeté.

Sin saber muy bien qué responder se limitaron a darme las gracias y comenzaron a aplaudirme, lo que contagió al resto de pasajeros que iniciaron un coro de vítores y aplausos mientras recorría el pasillo hacia mi asiento, sin importarles mucho que mi cara más que agradecimiento reflejara un – venga ya, dejadme en paz pandilla de inútiles –.

Me senté de nuevo esperando que la pesadilla hubiese terminado pero Aurora decidió por su cuenta y riesgo prolongarla un poco más: había sacado de no sé dónde su rosario, e imploraba de viva voz a no sé quién pasando una a una las bolitas:

– Señor, por favor, ayúdanos, que no fuese una terrorista y haya dejado una bomba escondida -.

– Aurora, ¡no me jodas! – protesté con estupor – ¿pero no ves que puedes hacer que cunda el pánico? –

Era tarde… el puto pánico ya estaba entre nosotros.

El rumor corrió como la pólvora y el caos se adueñó de la cabina, con todo el mundo preguntando por el equipaje de ‘la enferma’, y registrando de manera nerviosa los espacios destinados a las maletas, a la vez que los rezos y las plegarias se extendían como si se tratase de una de las siete plagas bíblicas.

Me levanté de nuevo, y saliendo al pasillo pedí calma con voz firme y autoritaria, ahora era una celebridad. Me acerqué hasta los dos chicos de la tripulación, que todavía permanecían en la cola del avión, y les pregunté si se habían encargado del equipaje de la ‘mujer bomba’, a lo que me contestaron que sí, que ya se lo habían entregado antes al personal de la ambulancia.

– ¡Todo el mundo tranquilo! – vociferé girándome hacia la orda de rezantes – la tripulación se ha encargado del equipaje de la mujer bomba señorita, y todas sus pertenencias ya están junto con ella en una ambulancia camino del hospital -.

Con más aplausos, y más indiferencia por mi parte, regresé de nuevo a mi asiento, me encargué del rosario de la Aurora, y de la Aurora misma, y respiré profundamente esperando que todo aquello al fin hubiese terminado.

Horas más tarde, tras la autorización de un nuevo plan de vuelo para poder abandonar Cerdeña, y unos cuantos obsequios de la tripulación para un ‘valiente ragazzo’, aterrizaba hecho astillas y con mucho que contar, en Santiago de Compostela.

Rosario de la aurora

 

Juan Núñez
Juan Núñez
Me llamo Juan y desde marzo de 2013 escribo en esta página sobre búsquedas, experiencias, reflexiones, aprendizajes, autenticidad y todo aquello que espero me conduzca hacia el propósito de disfrutar de una vida más coherente y con sentido. “Si quieres ser un héroe para los demás empieza por serlo para ti mismo”. Eso es lo que predico y eso es lo que persigo ¿Te apuntas?